viernes, 29 de marzo de 2013

Todo está consumado...




Amor Crucificado

Durante su vida Jesús tocó amorosamente a los hombres. Abrazó a los niños y curó a los enfermos tocándolos. Abrazar es una expresión esencial de amor, pero en el abrazo también puedo retener al otro. 
En la cruz se expresa otro amor, un amor que no retiene, sino que suelta y deja libre. Al extender Jesús sus brazos me muestra la esencia de su amor. 



Es un amor que se entrega y del cual Él mismo dijo: «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus ami­gos» (Jn 15,13). Es un amor que se entrega para que el otro tenga vida, que se da para que el otro florezca, que aplica todos sus recursos por el otro, que se pone en juego por él a fin de que la vida se logre.
Los brazos extendidos muestran que Jesús se abre por nosotros total y completamente. Nada se reserva para sí. Nos permite acercarnos a Él completamente.
 Con sus manos clavadas ex­presa que no va a defenderse de nuestras pala­bras hirientes y que no se protege, sino que se expone de manera inclemente a la maldad del mundo. Pero confía en que en medio de esa des­protección, de esa impotencia, podrá superar la maldad del mundo a través de su amor. Cuando dice como última palabra: «Todo está consu­mado», está expresando su confianza en que el amor, precisamente en su impotencia, es más fuerte que el poder de este mundo que se atrin­chera tras las armas.
La imagen más impresionante del amor de Cristo que se entrega por nosotros es para mí el corazón de Jesús traspasado. Juan cuenta que uno de los soldados metió su lanza en el costado de Jesús y que de él brotó sangre y agua, que para Juan son los signos del Espíritu Santo que se vierte sobre todos los hombres desde el cora­zón abierto. Durante su vida, el amor de Jesús al­canzó sólo a las personas con las que tuvo con­tacto directo. Ahora, este amor se despoja de sus límites y fluye al mundo entero. Todo el que medite sobre el misterio del corazón traspasado de Jesús puede beber de este amor. Así pues, va­mos a contemplar este corazón y dentro de él a Jesucristo y a ver cómo entrega su espíritu a tra­vés de la sangre de su amante corazón, sana nuestras heridas y nos capacita para el amor.
 Su corazón traspasado nos muestra que no existe amor sin dolor. Cuando amo a alguien sin condi­ción alguna me hago vulnerable, y tan pronto como el otro me desilusiona, surgen los malentendidos, y me llega hasta el corazón. No puedo hacer nada en contra; yo me puedo cerrar a las personas que no son importantes para mí; me pueden incluso insultar, que no me afectará. Pero tan pronto como el amigo a quien amo me hiera, la ofensa me atravesará el corazón. Jesús amó in­cluso a aquellos que lo rechazaron, no se prote­gió de ellos ni se hizo duro como una piedra, pero el amor que llega a amar a los enemigos es, en su vulnerabilidad e impotencia, más fuerte que el odio de este mundo y nos llena a nosotros de una profunda paz. Esto se hace patente cuando Jesús perdona a sus asesinos con las palabras que Lu­cas nos refiere: «Padre, perdónalos porque no sa­ben lo que hacen» (Le 23,24). Jesús no se deja arrastrar por una actitud de defensa que lo cerce­naría de la vida y del amor. Sabe que incluso el que hiere y ofende conscientemente, ignora en lo profundo de su corazón lo que hace y que está empujado por pasiones, instintos o coacciones surgidas en la historia de su vida. Quizás lo haga porque él mismo ha sido herido o porque fue confundido por el fanatismo, la estrechez o el miedo. Los asesinos de Jesús pensaban que li­quidaban a un blasfemo en nombre de Dios. Lo mismo pasa, seguramente, con muchos de los que nos declaran ahora su enemistad. Quizás se han montado alguna teoría que justifica su malevolencia hacia nosotros y que quizás hasta los presente como piadosos ante Dios. Si en esas ocasiones puedo decir al igual que Jesús: «Padre perdónalos porque no saben lo que hacen», no me dejo llevar por la animadversión. Estoy por encima de la maldad porque detecto en ella la ig­norancia y la ceguera. Si puedo amar a mis ene­migos, aunque me hieran, no podrán disponer de mí ni me podrán dominar. El amor será en mí más fuerte que las tentaciones de infectarme con el veneno del odio. La sangre y el agua que bro­tan del costado de Cristo son signos de que Él no se dejó contagiar por la maldad que había a su al­rededor, sino que el amor hizo brotar un colosal torrente que fecunda y transforma el mundo en­tero.
El corazón traspasado de Jesús quiere tam­bién abrir nuestro corazón cerrado, de manera que ame a Dios del mismo modo que es amado por Él. San Alberto Magno habla de intercambio de corazones. Nosotros abrimos nuestro corazón a Cristo para que Él pueda vivir allí. El corazón de Jesús está abierto para que encontremos en él nuestro hogar. De igual manera quiere Cristo vi­vir en nuestro corazón, de modo que podamos decir con Pablo: «No vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,20).
Surge entonces la pregunta sobre cómo puedo y debo amar a Jesús, amar a Dios. El amor a una persona lo siento; incendia mi corazón, es más fuerte que mi voluntad; determina todo mi pen­sar y mi sentir. El amor a Cristo, sin embargo, no lo siento con la misma emoción que el amor a una persona.
Sin embargo, existen experiencias del amor de Dios hacia mí que hacen brotar mi amor hacia Dios.
 Mi amor a Dios es siempre un amor quebra­dizo. Yo sé que a momentos de intenso amor, si­guen períodos de sequedad y aridez en los que las palabras de amor hacia Dios me parecen hue­cas y vacías, en los que reacciono alérgicamente cuando los predicadores hablan con demasiada ligereza del amor de Dios hacia nosotros y del nuestro hacia Él. En esos momentos me ayuda el diálogo de Jesús con Pedro, después de la resu­rrección, a orillas del lago Tiberíades, tal como Juan (21,15-17) nos lo narra. Tres veces pregunta Jesús a Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?». Pedro se entristece porque se acuerda de su triple traición y como ya no puede hacer juramentos sagrados sobre su indestructi­ble amor, responde con mucha modestia: «Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo» (Jn 21-17). Tú sabes de mi traición, mi infidelidad y mi inconstancia. Sabes que en mi amor hay mucho egoísmo y cálculo, que giro con bastante fre­cuencia en torno a mí. Pero también sabes que te amo. Tú sabes que hay algo en mi corazón que es completamente auténtico y puro, que te quiero amar de forma limpia, sin cálculo ni pro­yección.
A pesar de la infidelidad que me precipita fuera del amor a Dios, lo que me importa en el fondo del corazón, es amar a Dios. En mí hay al menos una profunda nostalgia de amar a Dios con todo mi corazón, con todas mis fuerzas y con todos mis pensamientos (cfr. Le 10,27). En esta fragili­dad puedo repetir con Pedro modesta y humilde­mente: «Señor, Tú lo sabes todo. Tú sabes que te amo, que al menos te quiero amar.»
Así pues, vamos a sentarnos ante una cruz que nos resulte motivadora
Vamos a mirar los brazos de Jesús generosa­mente extendidos, signos de un amor que no ata, sino que deja libre y que se entrega personal­mente por cada uno de nosotros.
Nos dejaremos abrazar y envolver por ese amor crucificado de Cristo; luego miraremos el corazón traspasado por el que se derrama a to­rrentes, especialmente para cada uno de noso­tros, el amor de Cristo.
Dejemos que este amor de Cristo actúe sobre nosotros. Quizás entonces crezca también en no­sotros un fuerte amor de correspondencia; sólo entonces podremos responder agradecidos amando con el corazón roto, desconfiado, impredecible, a Jesucristo crucificado y resucitado.
Que crezca en nosotros un amor que nos libere, en vez de atarnos, que se entregue en vez de exigir, que fluya como el torrente de sangre y agua que brota del corazón de Jesús, que muera por el otro en vez de matarlo por nuestro control y celos. Ojalá que el amor crucifi­cado de Cristo nos llene de una profunda paz y de una alegre gratitud...





 En el transcurso de esta semana, que llamamos Grande, la prolongada tiranía del diablo llegó a su término, la muerte se extinguió, el Fuerte fue vencido, sus bienes dispersados, el pecado fue rechazado, abolida la maldición, el paraíso está nuevamente abierto, y el acceso al cielo libre y expedito, los seres humanos han entrado en comunicación con los ángeles, el muro de separación ha sido derribado, el velo rasgado y el Dios de la paz nos ha traído la paz a cielo y tierra. Esas son las razones por las que denominamos Grande a esta semana.

Es comprensible que durante esta semana la multitud de los cristianos intensifique sus esfuerzos, algunos multiplican sus ayunos, otros sus vigilias santas, otros sus limosnas. Esta es una manera de atestiguar, a través del celo por las buenas obras, todo el bien que nos ha hecho el Señor. Cuando el Señor resucitó a Lázaro, la ciudad toda de Jerusalén atestiguaba de que había resucitado a un muerto a través de la multitud que salía al encuentro de Cristo, ya que el fervor de aquellos que salían a recibirlo atestiguaba la magnitud del milagro  realizado; del mismo modo, nuestro fervor en celebrar la Semana Grande prueba y atestigua la magnitud de las grandes obras realizadas antaño [a favor nuestro]. Porque nosotros, los que partimos actualmente al encuentro de Cristo, no salimos de una sola ciudad, únicamente de Jerusalén, sino que en el mundo entero las Iglesias, a millares, parten al encuentro de Jesús; no salen a recibirlo agitando ramos de palmera, sino que ofrecen a Cristo el Señor la limosna, el amor al prójimo, la virtud, el ayuno, las lágrimas, la oración, las vigilias y toda suerte de virtudes.


¡Alaba alma mía al Señor, alabaré al Señor mientras viva, [salmodiaré para mi Dios mientras exista].




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