jueves, 8 de mayo de 2014

8 DE MAYO, LA VIRGEN DE LUJAN Y EL PAPA FRANCISCO



En este 8 de mayo, Fiesta litúrgica en la República Argentina de su celestial patrona, vamos a revelar un secreto a voces: el corazón del papa Francisco tiene dueña, una dueña muy especial, Nuestra Señora de Luján. Por tanto, vamos a reflexionar sobre la exquisita devoción a María que él como argentino, y buen porteño, tiene para con la Virgen Gaucha. Es imposible acercarnos a conocer su perfil espiritual, si no nos adentramos en este aspecto de su vida y devoción.
Jorge Mario Bergoglio guarda un recuerdo entrañable de su abuela paterna, Rosa Margarita, porque según su mismo testimonio: “la que me enseñó a rezar fue mi abuela. Ella me enseñó mucho en la fe y me contaba las historias de los santos”. Y también fue de su abuela de quien aprendió una entrañable devoción a María Santísima, devoción que como ha confesado en distintas oportunidades se ha traducido en el rezo diario y devoto del Santo Rosario.

Hay un trozo de papel que conserva como uno de sus grandes tesoros, se trata de un pequeño testamento que dejó a los nietos Bergoglio la abuela Rosa Margarita, el mismo día de su ordenación sacerdotal: 
“Que éstos, mis nietos, a los cuales entregué lo mejor de mi corazón, tengan una vida larga y feliz, pero si algún día el dolor, la enfermedad o la pérdida de una persona amada los llenan de desconsuelo, recuerden que un suspiro al Tabernáculo, donde está el mártir más grande y augusto, y una mirada a María al pie de la cruz, pueden hacer caer una gota de bálsamo sobre las heridas más profundas y dolorosas”.
María al pie de la cruz, es una escena esencial en la vida de Jesús y de María, y esencial para la vida de la Iglesia, porque allí se obró la redención del hombre. Esa imagen, parte del legado de esa abuela entrañable, fue modelando su devoción mariana y cobró fuerza en muchas de sus predicaciones, como por ejemplo, ésta:

“Jesús miró a su Madre. Desde la cruz, la miró y nos mostró a todos nosotros y le dijo: ‘este es tu Hijo, estos son tus hijos’. Y María, al sentir esa mirada de Jesús, habrá recordado cuando jovencita, treinta y tantos años antes, sintió aquella otra mirada que la hizo cantar de júbilo: la mirada del Padre. Y sintió que el Padre había mirado su pequeñez. La pequeña María, nuestra Madre a quien hoy vinimos a ver, y a quien vinimos acá a encontrar y a encontrarnos con su mirada. Porque su mirada es como la continuación de la mirada del Padre que la miró pequeñita y la hizo Madre de Dios. Como la mirada del Hijo en la cruz que la hizo Madre nuestra y con esa mirada hoy nos mira. Y hoy nosotros, después de un largo camino, vinimos a este lugar de descanso, porque la mirada de la Virgen es un lugar de descanso, y venimos a contarle nuestras cosas.
Nosotros necesitamos de su mirada tierna, su mirada de Madre, esa que nos destapa el alma. Su mirada que está llena de compasión y de cuidado. Y por eso hoy le decimos: Madre, regálanos tu mirada. Porque la mirada de la Virgen es un regalo, no se compra. Es un regalo de Ella. Es un regalo del Padre y un regalo de Jesús en la cruz. Madre, regálanos tu mirada” (Bergoglio, Jorge Mario, Cardenal, Homilías, Misa de la 25ª Peregrinación a Luján, Santuario de Nuestra Señora de Luján, 3 de octubre de 1999).


Devoción a María unida íntimamente a su corazón sacerdotal, el corazón del papa Francisco es un corazón mariano y que como el de Juan, el discípulo amado, la recibió en la profundidad íntima de su ser, introduciendo a María en el dinamismo de la propia existencia y en todo lo que constituye el horizonte de su propio apostolado:

“Recibiendo a María en su casa, en lo íntimo de su vida, el sacerdote-discípulo, a imagen del discípulo amado, centra su vida comunitaria en la que sintetiza en su persona todo lo que es la Iglesia. María armoniza todos los aspectos de la vida comunitaria: la vida de la sagrada familia en Nazareth y la vida de la comunidad apostólica en Pentecostés. El sello mariano permite pasar de la pequeña comunidad a la comunidad grande del pueblo fiel sin reduccionismos intimistas ni dispersión funcionalista. En María todo es personal y comunitario en un dinamismo en el que cada dimensión se enriquece con la otra. En María la alabanza y el servicio se alimentan mutuamente como vemos que sucede en la Visitación. La relación íntima y única con su Hijo no se opone a una relación de discípula común al lado de los demás discípulos. Todos nos centramos en Ella y Ella se descentra en todos sin ruido ni competencia”.




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