lunes, 15 de julio de 2013

Domingo XVI del Tiempo Ordinario-Ciclo C



El evangelio del Domingo 21 de Julio del Año de la Fe 2013, nos va a presentar la visita de Jesús de Nazaret a sus amigos de Betania, a María, Marta y Lázaro. 


Marta y María quieren agasajarle y cada una lo hace de una manera. La actitud de María y Marta nos trae la idea de trabajar para el Reino de Dios desde la acción o la contemplación. Pero también se pone de manifiesto el principio de la hospitalidad. Jesús es huésped de sus amigos y ellos se desviven para atenderles.


       Lectura del Santo Evangelio 

  “María, sentada a los pies del Señor, 
              escuchaba su palabra”



"En aquel tiempo, entró Jesús en un pueblo, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa.
Ésta tenía una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra.
En cambio, Marta estaba atareada con todo el servicio de la casa; hasta que se paró y dijo:
— «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me ayude».
Pero el Señor le contestó:
— «Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria. María ha escogido la mejor parte, y no se la quitarán».
                          PALABRA DE DIOS.
                          GLORIA A TI SEÑOR JESUS! 


En el Evangelio, el muy interesante episodio de Betania, es buena prueba de ello. Marta y María –cada una a su modo— se esfuerzan por ofrecer su hospitalidad a Jesús. Y Él, el Señor, en su conversación con las dos hermanas de Betania va a definir las formas de vivir la espiritualidad.
En este Evangelio Maria supo distinguir entre lo urgente y lo importante. Preparar la comida para Jesús era algo urgente, pero no era lo más importante. Por eso eligió escuchar al Maestro.


¿Quién no tiene infinidad de “cosas que hacer”? Como Marta, cada día andamos de un lado para otro, “a las carreras”, “estresados” por tanto trabajo, estudio y exámenes, actividades sociales, sin poder o saber hacernos un tiempo para “sentarnos a los pies del Señor” para escuchar y meditar tranquilamente su Palabra.
Y cuando logramos darnos un tiempo, ¡qué difícil es hacer silencio en nuestro interior! La agitación y las distracciones nos persiguen, nos sacan de lo que debemos hacer en ese momento: escuchar al Señor, dialogar con Él, dejar que la luz que brota de sus enseñanzas ilumine nuestra vida y conducta, nutrirnos de su Presencia, de su amor y fuerza para poder poner por obra lo que Él nos dice (ver Jn 2,5).
En medio de tanto quehacer, abandonar, postergar o descuidar el encuentro y diálogo íntimo con el Señor aún cuando nuestras actividades buscan servirlo a Él, es caer en lo que el Señor reprocha tiernamente a Marta: «te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola». En aquella circunstancia concreta de la vida el Señor enseña a Marta que debe aprender a dar la debida prioridad a las cosas: mientras Él está allí no es lo más importante organizarle a Él y a los discípulos que lo acompañan una comida abundante o llenarlo de todas las atenciones posibles, sino que lo más importante es escucharlo, aprender de Él, atesorar sus enseñanzas para ponerlas luego en práctica.
También nosotros debemos aprender a dar un lugar prioritario en nuestra jornada al encuentro con el Señor, buscando un tiempo adecuado para la escucha y meditación de la Palabra del Señor. Sólo en este diario y perseverante ejercicio podremos permitir al Espíritu que nos vaya “cristificando”, es decir, que nos vaya haciendo cada vez más semejantes al Señor Jesús en su modo de pensar, sentir y actuar: «La oración restablece al hombre en la semejanza con Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica, 2572).
Al nutrirnos diariamente de estos momentos fuertes e intensos de encuentro con el Señor podremos hacer que toda nuestra acción se vaya haciendo cada vez más acción según el Plan de Dios, tornándose la acción misma un continuo acto de alabanza al Padre, una liturgia continua. Es justamente a esto a lo que debemos aspirar si queremos ser verdaderos discípulos de Cristo que sean luz del mundo y sal de la tierra: a una oración sin interrupción, por la que permanecemos siempre en presencia de Dios.





CUARTA PARTE
LA ORACIÓN CRISTIANA
PRIMERA SECCIÓN 
LA ORACIÓN EN LA VIDA CRISTIANA
2558 “Este es el misterio de la fe”. La Iglesia lo profesa en el Símbolo de los Apóstoles (primera parte) y lo celebra en la Liturgia sacramental (segunda parte), para que la vida de los fieles se conforme con Cristo en el Espíritu Santo para gloria de Dios Padre (tercera parte). Por tanto, este misterio exige que los fieles crean en él, lo celebren y vivan de él en una relación viviente y personal con Dios vivo y verdadero. Esta relación es la oración.
¿QUÉ ES LA ORACIÓN?
«Para mí, la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como en la alegría (Santa Teresa del Niño Jesús, Manuscrit C, 25r: Manuscrists autohiographiques [Paris 1992] p. 389-390).
La oración como don de Dios
2559 “La oración es la elevación del alma a Dios o la petición a Dios de bienes convenientes”(San Juan Damasceno, Expositio fidei, 68 [De fide orthodoxa 3, 24]). ¿Desde dónde hablamos cuando oramos? ¿Desde la altura de nuestro orgullo y de nuestra propia voluntad, o desde “lo más profundo” (Sal 130, 1) de un corazón humilde y contrito? El que se humilla es ensalzado (cf Lc 18, 9-14). La humildad es la base de la oración. “Nosotros no sabemos pedir como conviene” (Rm 8, 26). La humildad es una disposición necesaria para recibir gratuitamente el don de la oración: el hombre es un mendigo de Dios (San Agustín, Sermo 56, 6, 9).
2560 “Si conocieras el don de Dios”(Jn 4, 10). La maravilla de la oración se revela precisamente allí, junto al pozo donde vamos a buscar nuestra agua: allí Cristo va al encuentro de todo ser humano, es el primero en buscarnos y el que nos pide de beber. Jesús tiene sed, su petición llega desde las profundidades de Dios que nos desea. La oración, sepámoslo o no, es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él (San Agustín, De diversis quaestionibus octoginta tribus 64, 4).

La hospitalidad de Abraham

2571: Habiendo creído en Dios, marchando en su presencia y en alianza con él, el patriarca está dispuesto a acoger en su tienda al Huésped misterioso: es la admirable hospitalidad de Mambré, preludio a la anunciación del verdadero Hijo de la promesa. Desde entonces, habiéndole confiado Dios su plan, el corazón de Abraham está en consonancia con la compasión de su Señor hacia los hombres y se atreve a interceder por ellos con una audaz confianza.

La oración es “sentarse a los pies del Señor” para escucharlo

2697: La oración es la vida del corazón nuevo. Debe animarnos en todo momento. Nosotros, sin embargo, olvidamos al que es nuestra Vida y nuestro Todo. Por eso, los Padres espirituales, en la tradición del Deuteronomio y de los profetas, insisten en la oración como un «recuerdo de Dios», un frecuente despertar la «memoria del corazón»: «Es necesario acordarse de Dios más a menudo que de respirar» (S. Gregorio de Nisa). Pero no se puede orar «en todo tiempo» si no se ora, con particular dedicación, en algunos momentos: son los tiempos fuertes de la oración cristiana, en intensidad y en duración.
2698: La Tradición de la Iglesia propone a los fieles unos ritmos de oración destinados a alimentar la oración continua. Algunos son diarios: la oración de la mañana y la de la tarde, antes y después de comer, la Liturgia de las Horas. El Domingo, centrado en la Eucaristía, se santifica principalmente por medio de la oración. El ciclo del año litúrgico y sus grandes fiestas son los ritmos fundamentales de la vida de oración de los cristianos.
2699: El Señor conduce a cada persona por los caminos que Él dispone y de la manera que Él quiere. Cada fiel, a su vez, le responde según la determinación de su corazón y las expresiones personales de su oración. No obstante, la tradición cristiana ha conservado tres expresiones principales de la vida de oración: la oración vocal, la meditación y la oración de contemplación. Tienen en común un rasgo fundamental: el recogimiento del corazón. Esta actitud vigilante para conservar la Palabra y permanecer en presencia de Dios hace de estas tres expresiones tiempos fuertes de la vida de oración.

La oración ante todo lo que hay por hacer

2726: En el combate de la oración, tenemos que hacer frente en nosotros mismos y en torno a nosotros a conceptos erróneos sobre la oración… En el inconsciente de muchos cristianos, orar es una ocupación incompatible con todo lo que tienen que hacer: no tienen tiempo…
2727: También tenemos que hacer frente a mentalidades de «este mundo» que nos invaden si no estamos vigilantes. Por ejemplo: lo verdadero sería sólo aquello que se puede verificar por la razón y la ciencia (ahora bien, orar es un misterio que desborda nuestra conciencia y nuestro inconsciente); es valioso aquello que produce y da rendimiento (luego, la oración es inútil, pues es improductiva); ... y por reacción contra el activismo, se da otra mentalidad según la cual la oración es vista como posibilidad de huir de este mundo (pero la oración cristiana no puede escaparse de la historia ni divorciarse de la vida).





Aquella familia de Betania fue, seguramente, lugar de descanso para el Señor en muchas ocasiones; allí disfrutaría de la compañía de sus amigos y seguro que hablaría mucho de lo que le iba sucediendo y de lo que había venido a predicar; Marta y María hoy aprendían una lección que, como otras muchas, nunca olvidarían.
    Me imagino a Marta andando de acá para allá para que el Maestro se sintiera a gusto; como cualquier madre que recibe a alguien en su casa; todos los destalles preparados, desviviéndose para que el invitado se sintiera como en su propia casa, cocinando sus mejores guisos para agradarle. De un sitio a otro para hacer de su casa, el hogar de Jesús.
    Y por otro lado María, disfrutando de la compañía de Jesús; escuchando lo que hablaba, embelesada y fijos los ojos en quien le hablaba, preguntando, comentando, interiorizando el mensaje que le transmitía su Señor. Y estando así las cosas, ya Marta no pudo callarse. ¿Por qué María se quedaba allí tranquilamente sentada mientras ella no paraba de un sitio a otro?
    Personalmente me parece que todos tenemos un poco de Marta y otro tanto de María; corremos de acá para allá intentando hacer las cosas lo mejor posible, hasta con buena intención y procurando que todo salga bien, con sentido cristiano. En otras ocasiones nos sentamos para disfrutar de la presencia de Jesús, escuchar su palabra y alimentarnos de su Cuerpo.
    Tendremos que saber encontrar el equilibrio entre Marta y María; quizá el periodo vacacional nos propicia el poder respirar de las tareas cotidianas que tanto nos hacen estresarnos y poder reclinar nuestro pecho en el Maestro para escucharle con más tranquilidad. ¡Ya habrá tiempo de ponerse manos a la obra y comenzar de nuevo la tarea que se nos ha encomendado!
    María y Marta son unas hermanas que nos quedan un ejemplo de acogida, en primer lugar: hicieron de su casa el hogar de Jesús; actitud que recuerda a nuestras familias la necesidad de no olvidar esa presencia importante de Dios en nuestras vidas y nuestros hogares. Por otro lado, Betania es para nosotros escuela de oración, porque nos anima a pararnos en la vida y hacer un pequeño reposo, atendiendo a la voz del Maestro.
    Que nuestras vidas sean un equilibrio entre la escucha y la acción, entre la oración y la vida compartida.




QUIERO DARME, SEÑOR

Como Marta, allá donde mi mano sea necesaria,
y como María, al silencio para estar contigo.

Como Marta, para mitigar la sed del sediento
y, como María, para llenarme del agua viva de tu pozo.

QUIERO DARME, SEÑOR

A Ti, que sales al encuentro del que te busca
y, también, allá donde mis hermanos reclaman mi presencia.

A Ti, que buscas la mirada de mis ojos
y, a Ti, sin vivir de espaldas al necesitado de cariño.

SÍ, SEÑOR; QUIERO DARME Y ENTREGARME

Como, Marta, en los mil detalles de cada jornada
y, como María, arrodillándome ante el Misterio de tu Palabra.

Como, Marta, no olvidando mis dones de generosidad
y, como María, no dejándote siempre para el final.

QUIERO DARME Y ENTREGARME, SEÑOR

Sintiendo el gozo de ofrecerme con lo poco que tengo
y, sabiendo que estando Tú conmigo,
no me faltará nunca tu aliento en mi caminar.

Déjame, Señor, como Marta servirte con lo que soy.
Déjame, Señor, como María sentarme a tu lado.
Déjame, Señor, como Marta agasajarte.
Déjame, Señor, como María mirarte a los ojos.

QUIERO DARME Y ENTREGARME, SEÑOR.



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